En abril del 2003 -un año antes de mis primeros cursos de sanación-, me las di de mujer maravilla bajando una escalera y me hice polvo la muñeca izquierda, literalmente. Para recuperar al menos parte del movimiento fue necesario operar y colocar placas, pernos y agujas.
En mi desesperación de volver a usar mi mano, pensando en poder tejer, en tomar mi cámara fotográfica analógica, en manejar mi auto, en recibir el vuelto en un peaje… de alguna parte tomé la idea de imaginar enanitos –igualitos a los de Blancanieves- y ponerlos a trabajar en la reconstrucción de mis huesos. Bromeaba que los tenía a doble jornada, con buen sueldo, y trabajando a gusto. Fue tanta la energía que puse en mi lado izquierdo, que un rasguño enorme de unos de mis gatos en mi brazo derecho, demoró semanas en sanar.
Cuando empecé la terapia- ya sin fierros varios- el fisiatra no podía creer el poco tiempo pasado.
Y el traumatólogo que me operó menos. Cuando le pregunté qué opinaba de mi mano al darme el alta, su respuesta fue: “es un milagro, no entiendo cómo sanaste”.
Por supuesto que pude volver a hacer todo lo que quería con mi mano izquierda… perdí algo así como el 5% de movilidad.
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Fue mi primera experiencia consciente de un proceso de sanación milagroso. Aún miro mi cicatriz y me sorprendo.
Y es mi manito que presiente terremotos, tsunamis y aluviones.


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Sanaciones milagrosas

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