Hay una forma de soledad de la que casi no hablamos: la soledad sensorial.
– Oler algo que nadie huele. Oír algo que nadie oye. Sentir como insoportable algo que para todos los demás es irrelevante.
Y empezar a dudar de ti mismo.
– Subes al coche y dices: «Aquí huele muchísimo a tabaco».
Los demás: «Yo no huelo nada».
Pero quizá alguien fumó allí hace dos horas y para ti el olor sigue adherido al asiento, la ropa, el aire.
Cuatro personas contra una percepción.
– De noche escuchas un zumbido eléctrico, una vibración, un motor lejano.
Preguntas: «¿No lo oís?».
Nadie oye nada.
El sonido puede existir perfectamente. Pero socialmente empieza a parecer que quien no existe es el sonido.
– Lo mismo ocurre con el gusto.
Una salsa puede parecerte picantísima, un perfume puede invadir toda una habitación o una luz LED puede resultar físicamente desagradable.
El problema añadido es que la intensidad de una sensación no puede enseñarse a los demás.
– Aquí aparece la soledad sensorial: no solo sufres el estímulo.
También tienes que convencer al entorno de que lo estás sufriendo.
Y cuanto más intentas explicarlo, más riesgo existe de ser percibido como exagerado, maniático o difícil.
– Además produces una paradoja familiar. Si pides apagar la televisión, bajar una persiana, retirar un ambientador o cambiar de restaurante, estás intentando regular tu sistema sensorial.
Pero para los demás estás modificando un entorno que ellos consideran perfectamente normal.
– Por eso la hipersensibilidad no afecta únicamente al individuo.
Puede generar fricción colectiva.
«Siempre te molesta algo». «Todo te parece fuerte». «Nunca estás cómodo».
Desde fuera parece exigencia.
Desde dentro puede ser simplemente demasiada información entrando a la vez.
– Y ni siquiera hablamos solo de los cinco sentidos clásicos.
Está el sistema vestibular: equilibrio, movimiento, aceleración.
Una escalera mecánica, un coche, un ascensor o caminar por determinadas superficies puede producir sensaciones que otra persona apenas registra.
– Y está la interocepción: percibir lo que ocurre dentro del cuerpo.
Latidos, respiración, temperatura, tensión muscular, hambre, náusea, presión, mareo…
Si detectas muchas señales internas que otros apenas perciben, puedes parecer obsesionado con tu cuerpo.
– De ahí una confusión frecuente:
«Eres hipocondríaco».
Puede ocurrir, claro. Pero notar constantemente señales corporales no equivale a imaginar enfermedades.
Una cosa es percibir una sensación. Otra muy distinta es interpretar qué significa.
– Por eso un perfil de integración sensorial es peculiar: una parte importante depende necesariamente del relato de la persona.
Puedes tener una audiometría perfecta y, aun así, determinados sonidos resultarte abrasivos.
El oído funciona. La experiencia sensorial es otra cosa.
– Quizá una de las mayores dificultades de la hipersensibilidad sea esta:
vivimos en un mundo donde consideramos «real» lo que varias personas pueden verificar a la vez.
Pero algunas experiencias humanas solo tienen un testigo.
Y ese testigo eres tú.
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Tomado de https://x.com/untipocurios/status/2093981087965819154
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La soledad sensorial
