El jueves 13 de septiembre de 1973, mi padre salió de casa para comprar remedios para mi hermana enferma. Era el primer día sin toque de queda tras el golpe militar del 11.
Yo tenía 8 años, y tuve conciencia total de lo que ocurría. Entendí que si mi papá no había llegado a la hora del toque de queda, era algo muy feo. Vi como allanaban la casa de unos vecinos, uno de los cuales andaba con mi padre. Sacaron a los hijos de la señora Yola de su casa a punta de fusil, apenas empezado el toque de queda, a las 18 hrs… recuerdo las tanquetas entrando a la Villa Macul, iluminadas por la luz rosa del crepúsculo.
La conclusión fue una sola: preso… quizás donde. Y nadie podía decirnos si alguna vez lo volveríamos a ver.
Pasaron semanas sin saber cosa alguna, si estaba vivo o muerto, hasta que regresó a casa mi primo que había desaparecido con él. Así supimos que estaba en el Estadio Nacional, que pasaba hambre, que había sido torturado brutalmente. La vecina de aquella casa allanada lo vio una vez en el estadio, mientras ella buscaba sus hijos. Hasta que llegó una carta por mano, fechada el 4 de noviembre en el estadio. Días después lo enviaron al campo de prisioneros de Chacabuco, a 100 kms de Antofagasta, donde permaneció hasta el 13 o 14 de enero de 1974. Desde ahí pudo mantener comunicación con nosotros a través de cartas, varias de las cuales llegaron a nuestras manos con muestras de censura.
En ese campo de detención del ejército, una ex oficina salitrera, los prisioneros buscaron en qué ocupar el tiempo. Muchos leyeron libros que les enviaban las familias. Unos se dedicaron a la forja en metales, otros al tallado en madera, otros a dibujar. Inacap les hizo talleres desde que llegaron. Usaron materiales recogidos de la salitrera abandonada: latas de tambores de aceite, madera de ruedas de carreta, fierros de las maestranzas. En esos materiales llenos de historia dura del salitre, ellos plasmaron este nuevo dolor.
Mi padre se dedicó a la forja. Lo primero que hizo fue una paila, con lata de un tambor de aceite, y madera de una rueda de carreta de mulas. En esa paila comieron los primeros huevos fritos del campamento, al calor de una fogata nocturna bajo el cielo del desierto, alguna noche de noviembre. La hizo de mango largo, para poder sujetarla en fuego.
Hizo candelabros y pailas, objetos que fueron enviados a través del Arzobispado como regalos de Navidad a las familias. También hizo un juego de candelabros y un crucifijo, para la misa de Navidad del campamento de prisioneros, por encargo del Capellán del ejército. La exigencia fue que toda la materia prima hubiese sido recogida del suelo.
Algunos detenidos hicieron dibujos, con papel de la salitrera. Mi padre no recuerda de dónde salió el material para colorear. Estas tarjetas nos llegaron para Navidad. Fueron dibujadas por Andrés Crisosto, y mi padre las canjeó por una paila pequeña muy pulida.
Fue dura esa Navidad separados.
Cuando salió de Chacabuco, de vuelta a los brazos nuestros, le requisaron nuestras cartas, y algunos objetos. Pudo pasar la primera paila y dos más pequeñas para sus hijos.
Para todo lo vivido y la angustiosa separación, mi padre llegó sólo con cicatrices físicas menores. Y en esos primeros días de reencuentro, recuerdo que contó absolutamente todo lo vivido, incluso hizo dibujos en la pizarra. Ante sus hijos de 8 y 14 años, habló de las sesiones de interrogatorios y tortura, el hambre, los simulacros de fusilamiento, los muertos. Guardo en mi memoria el detalle de todo eso.
La vida continuó, mi papá se reincorporó a su trabajo de arquitecto del Banco del Estado, pues salió sin cargos, pero en libertad condicional. Uno de los hijos de la señora Yola nunca volvió.
Yo crecí orgullosa de ser hija de un hombre valiente.
Con el pasar de los años, mi amor por la historia me trajo al mundo de los museos y el cuidado del patrimonio. Casi 20 años van desde que empecé a entender de la necesidad de preservar los objetos que hemos usado en la vida cotidiana. Trabajando en proyectos, aprendí del cuidado para almacenar cartas de papel frágil, delicados textiles, metales, cerámicas, maderas.
De tanto estar al interior de museos, me permeé con los conceptos de conservación preventiva, conservación del patrimonio, de la necesidad de resguardar nuestra memoria, nuestra historia.
En varios museos he visto una y otra vez el valioso gesto de un particular que llega con objetos preciados de su familia, y que pasan a formar parte de las colecciones con las que se documenta un pedacito de historia. Así, donación más donación, se puede reconstruir un tramo más largo del pasado.
En conocimiento total de que en el Museo Histórico Nacional no existían objetos relativos al 11 de septiembre de 1973, hace años se empezó a gestar en mí la intención de donar los recuerdos del período de prisionero político de mi padre. Lo hablé muchas veces con direcciones anteriores, con el curador de colecciones. Y mi padre apoyó la decisión.
Un factor que influyó mucho en la elección del museo al que donar, fue la certeza de la calidad y responsabilidad de los profesionales de la conservación que aquí trabajan, lo que me asegura que las frágiles cartas escritas en papel de la salitrera perdurarán en el tiempo.
Es en este contexto que se gesta la donación de la paila forjada en Chacabuco, las cartas que nosotros recibimos, el acta de liberación, unas tarjetas navideñas y discos vinilo de la época. Ahora que se cumplen 40 años de su detención, y la de miles de personas más. Ahora que conmemoramos 40 años de un evento doloroso para muchos, y porque es necesario que mantengamos viva la memoria para no repetir errores. Hoy que muchos de los que vivieron esta historia están en el ocaso de su vida, como mi padre.
Qué mejor manera de honrar la memoria de tantos, representada por la memoria personal de mi padre. Que homenaje más grande que sus recuerdos de prisionero político se conserven en la institución que guarda la memoria histórica de este país, junto a objetos de José Miguel Carrera, Javiera Carrera, Bernardo O’Higgins, Ambrosio O’Higgins, la bandera de la jura de la Independencia.
Padre querido, tu memoria está a salvo.

(discurso leído el martes 10 en el Museo Histórico Nacional, en la inauguración de la muestra de los 40 años del 11)
Como chilena, a nombre de mis 4 pequeños hijos en los que veo representadas a las futuras generaciones de chilenos: GRACIAS!!! eres un alma muy generosa…
Gracias Pamela!
En nombre de la Corporación Memoria ex presos políticos de Chacabuco valoramos esta iniciativa y felicitamos a la familia por su decisión de donar estos valiosos documentos y materiales al Museo.
Aptovechamos de invitarte a colaborar con nuestra organización.
Gabriel Reyes Arriagada
Presidente
Muchas gracias. Ahora que los descubrí, claramente me interesa participar.